Espacio que pretende resguardar voces y conocimientos desde el abordaje de la
bibliotecología. Documentación de archivos orales sobre el patrimonio cultural intangible
conservado en la memoria de los libros vivientes. Entrevistas a bibliotecarios sobre el rol social
de la profesión. Reflexiones en torno a la bibliotecología indígena y comunitaria.

lunes, 25 de noviembre de 2013

Alfredo Mires Ortiz: los infinitos andares de un bibliotecario.

Resumen
Semblanza de Alfredo Mires Ortiz, quien ha desandado los caminos de la bibliotecología comunitaria, cultivando una construcción crítica y filosófica en torno al rol social bibliotecario. Es un educador que le ha puesto el cuerpo a las ideas. Eduardo Galeano supo ilustrar el alcance de su obra comentando la dicha que significó leerlo. Verdaderos hitos de la tradición oral lo tuvieron por protagonista: la creación de la Red de bibliotecas rurales de Cajamarca y el proyecto Enciclopedia Campesina. Acaso sin saberlo, le otorgó una voz a quienes por siglos nunca la tuvieron, les hizo entender a los campesinos, a través de la promoción de la lectura, que todos los ciudadanos son sujetos de derecho, y como tal, los mismos no pueden ser vulnerados. Resulta necesario comprender lo que hizo, un bibliotecario de alma que nunca dejó de caminar, y que caminando construyó sentido entre sus paisanos. Resulta imposible enumerar las huellas que dejó este verdadero “orfebre de los saberes”. Un gran placer haberlo entrevistado.

Palabras clave: BIBLIOTECAS INDÍGENAS; BIBLIOTECAS CAMPESINAS; ROL SOCIAL BIBLIOTECARIO; BIBLIOTECOLOGÍA COMUNITARIA; ARCHIVOS ORALES

Noticia biográfica:

Alfredo Mires Ortiz, La Libertad, Perú. Educador y antropólogo. Miembro fundador y Asesor Ejecutivo de la Red de Bibliotecas Rurales de Cajamarca, organización comunitaria con 42 años de presencia ininterrumpida en más de 500 comunidades de Cajamarca, sierra norte de Perú.
Fundador del Archivo de la Tradición Oral Cajamarquina, del Grupo de Estudios de la Prehistoria Andina y del Proyecto Enciclopedia Campesina, dedicado a la recuperación de la memoria colectiva.
De su autoría o dirección, más de 130 títulos sobre tradición oral, religiosidad y cultura andina, arte rupestre e historia desde los propios pueblos. Ha desarrollado diversas experiencias con educación y prensa popular, historia oral, salud comunitaria, medio ambiente, bibliotecología, dinámica de grupos e investigación participativa. En 1992 obtuvo el Premio Nacional de Periodismo "Kukulí"; En 2003 el Proyecto Enciclopedia Campesina de Cajamarca obtuvo el Premio Internacional del Convenio Andrés Bello. Durante muchos años ha acompañado a comunidades indígenas de Centro y Sud América, en procesos de afirmación cultural.

Entrevista

¿Por qué la Bibliotecología?

Por la relación con el libro como herramienta. No es que desde la bibliotecología empezáramos estos andares: fue la demanda de información por parte de las comunidades campesinas lo que nos condujo a la tarea –al principio– de proporcionar los libros. Es decir, no hubo la intención de trabajar como bibliotecas sino que las comunidades tomaron la iniciativa de hacer que el libro se bajara del caballo, que se afincara en la tierra, que dejara de ser un instrumento ajeno vinculado a los distantes para pasar a entroparse con los más, para anidarse en los caseríos.
La bibliotecología no nos dio la pauta: las comunidades le dieron una pauta al quehacer bibliotecario.

¿Qué reflexión le merece el rol social del bibliotecario?

Vaya uno a saber cuándo, a las personas asiduas a los libros se les endilgó el mote de “ratón de biblioteca”. Escribamos la palabra “bibliotecario” en un buscador de internet, vayamos a Imágenes y nos aparecerán caricaturas de tíos o tías con lentes redondos y rostros de “Guarde silencio”. Es decir, el estereotipo acuña que el bibliotecario es una suerte de administrador de la ratonera. Me pregunto si el propio ejercicio de la bibliotecología ‘formal’ no ha reforzado de muchos modos esa imagen…
Pero nada más lejos de lo que debería ser: en algunos pueblos del mundo las bibliotecas se ubicaron en los templos y eran llamadas Casas de Vida.
Los libros –lo señalamos siempre– no nacieron para segregar sino para congregar; no para negar los saberes sino para compartirlos, no para estancarlos sino para dimanarlos. Estas herramientas tienen una potencia profundamente liberadora… pero esas herramientas no pueden moverse solas.

La Red de Bibliotecas Rurales de Cajamarca se encuentra enmarcada en un contexto social vulnerable ¿Qué opinión le merece el concepto de inclusión social?

Fórmulas en boga, saludos a la bandera, doraduras de píldora, eufemismos entusiastas…Debo admitir cierto prurito respecto a la imposición de lo que podrían llamarse las ‘circunvalaciones de la fabricación de consensos’, es decir, el modo como la prestidigitación gramatical desaparece los pañuelos de la realidad.
No tendríamos que hablar de inclusión social si no fuera por la exclusión frontal y las desventajas que la estructura impone sobre las mayorías.
No es que las poblaciones sean vulnerables sino que el sistema es agresivo. Eso sin contar con las facetas del racismo, las imposiciones del mercado, la desinformación o la negación de la memoria colectiva.
El contexto cajamarquino es ahora sumamente delicado por la presencia damocliana de las industrias extractivas: en un escenario de cambio climático irreversible, este agravante demanda ejercer lo que puede llamarse inclusión social como un derecho que vaya más allá de los maquillajes o las ambigüedades.

Comente una anécdota que se haya originado al compartir una lectura colectiva en el campo.

Hace ya muchos años, en la comunidad de Paucapampa, los comuneros se hallaban reunidos en asamblea cuando, de pronto, sin aviso y sin saludo, un grupo de autoridades con resguardo policial y procedentes de la capital de provincia irrumpió tomándose la palabra y avisando que –a partir del siguiente fin de semana– iban a comenzar la construcción de la carretera y que todos los comuneros estaban obligados a trabajar por turnos.
Los campesinos, con la mayor humildad, preguntaron cuánto les iban a pagar y las autoridades les dijeron que nada, que estaban obligados por ley a trabajar.
Los comuneros preguntaron entonces si les iban a dar la alimentación o las herramientas. Y las autoridades les contestaron que no, que el trabajo era obligatorio y gratuito…
Varias de esas autoridades eran propietarias de camiones y por eso les convenía muchísimo contar con esa carretera para comprar baratos los productos de las chacras y venderlos luego con sobreprecio en los mercados.
Hubo murmullos cabizbajos en la asamblea y estaban a punto de aceptar cuando, de pronto, don Erasmo, un campesino ya mayor, pidió la palabra:
– Disculpen, señores –dijo–, pero aquí hay un error.
– ¡Aquí no hay ningún error! –dijo el subprefecto– ¡Ustedes me empiezan a trabajar en la carretera a partir de la próxima semana!
– ¡No, señor! –dijo el comunero, se remangó el poncho y levantó el brazo blandiendo un libro–. Nosotros somos peruanos y ésta es la Constitución Política que nos ampara. Aquí, en el Capítulo I, Artículo 2º, inciso 24, punto a. dice que “Nadie está obligado a hacer lo que la ley no manda, ni impedido de hacer lo que ella no prohíbe”; el punto b. dice que “Están prohibidas la esclavitud y la servidumbre en cualquiera de sus formas”. Y en el Capítulo II, Artículo 22º, dice que “Nadie está obligado a prestar trabajo sin retribución o sin su libre consentimiento”.
Un inquieto silencio se impuso en la Asamblea, hasta que uno de los mandamases preguntó:
– ¿Tú quién eres?
Don Erasmo respondió:
– Soy el Bibliotecario Rural de esta comunidad.
Aquellos señores se retiraron con las cajas destempladas. ¡Al día siguiente nos pusieron –a don Erasmo y a varios de nosotros– una denuncia con orden de captura!

Dos preguntas en una, considerando que la red de bibliotecas rurales trabaja entre otras cosas con libros y con promoción de la lectura ¿Qué libro lo ha impactado, y qué opina cuando se habla de la inevitable desaparición del libro?

Cada libro es también cada momento; las lecturas se adhieren a las historias personales, a los pálpitos y las épocas, de manera que son muchos los libros que me han impactado. Uno es “El zorro de arriba y el zorro de abajo”, del maestro José María Arguedas. Toda la saga de “La guerra silenciosa”, de Manuel Scorza, que comenzó con “Redoble por Rancas”; “El otoño del patriarca” de García Márquez; “Los hombres de maíz” de Miguel Ángel Asturias; “Memoria del fuego” de Eduardo Galeano; “La eterna sonrisa” de Pär Lagerkvist; “La rueda del tiempo” del cajamarquino Carlos Castaneda; el “Canto general” de Neruda; el “Tao Te Ching” de Lao-Tzu; los “Rubaiyat” de Omar Kheyyam; los “Poemas humanos” de Vallejo…
Y sobre la supuestamente inevitable desaparición del libro: ¡Sería fantástico que los libros desaparecieran, porque eso significa que ya no habría pobres! Es decir, todos estarían en condiciones de conseguirse libros electrónicos, aunque nunca pudieron comprarse libros de papel. Significa también que estaríamos en condiciones de abastecer nuestras computadoras con energías renovables en un mundo con el clima colapsado; y que las fábricas invertirían sus ganancias en los costos que demanda el reciclaje de tan enorme cantidad de basura electrónica; y que estaríamos capacitados para digerir la obesidad informativa de internet, así como capaces de no individualizarnos ni sedentarizarnos con los ordenadores…

¿En qué momento surgió el interés para formar parte de la Red de Bibliotecas Rurales? ¿Cómo fue ese primer día?

Fueron más bien muchos días… Eran tiempos de dictadura militar y en el Perú había surgido un movimiento de prensa popular. Yo estaba aún en el colegio y publicaba un semanario a la vez que promovía la formación de bibliotecas populares; me invitaron por eso a participar en un congreso de prensa popular que se realizó en el distrito de Baños del Inca, Cajamarca, donde Juan Medcalf –fundador de la Red– estaba como párroco y, a la vez, coordinaba el evento.
Para entonces la experiencia tenía unos cinco años de iniciada.
Ahí nos conocimos con Juan; conversamos mucho y me invitó a integrarme a la Red.
Yo vivía en un lugar bastante lejos de Cajamarca y todavía me faltaban dos años para terminar los estudios secundarios, de manera que mi primera integración fue a distancia. Pero viajaba a Cajamarca con cierta regularidad y nos encontrábamos con Juan en reuniones y eventos en otros lugares, de manera que podíamos evaluar y planificar la propuesta la Red.
Terminado el colegio aún debí quedarme un tiempo para trabajar la tierra junto a mis padres y hermanos, estudiar como autodidacta y continuar con las experiencias de bibliotecas y educación popular de las que formaba parte.
Luego vine a Cajamarca y el tiempo se volvió entonces más intenso. Aparte de todas las tareas que teníamos, caminamos muchísimo con Juan en las comunidades. Año y medio después de mi llegada él tuvo que regresar definitivamente a su país natal y entonces tuve que asumir toda la responsabilidad.
Juan tenía un entusiasmo y una osadía que nunca dejaré de agradecer.
Han pasado casi 40 años, pero no cesa esta porfía.
Cada día ha sido siempre el primer día.

¿Cómo definiría a un bibliotecario?

Como un orfebre de los saberes, es decir como alguien que junta y comparte las memorias y los decires de todos y de todo. Como un fraguador del acicate, el que defenestra las anteojeras colonizantes a través de la lectura y expurga las páginas de las hegemonías y los dominios.
Un bibliotecario no es un distribuidor de papel encolado, no es un autómata de la clasificación y tampoco un suministrador de embustes imperantes.
Un bibliotecario es un alentador de herramientas para un entorno que comparte y de cuyos sueños participa.

Alfredo, en tu libro “La dignidad de los pueblos también se escribe leyendo” se lee que “promover la lectura de libros es dotar a las poblaciones de otra fuente de lectura. Otra fuente que no puede pretender suprimir las ya existentes, sino contribuirlas, afianzarlas, sobre todo cuando ésta se da en relación a poblaciones cuya filiación ancestral con la naturaleza ha generado culturas extraordinariamente lectoras del entorno, de lo objetivo y lo subjetivo”. Esta forma de coexistencia de las fuentes ¿crees que es posible trasladarla a los avances tecnológicos? ¿Qué ocurre hoy en día, entre los comuneros, con el acceso a tecnologías de la comunicación y la información?

Una característica fundamental de las comunidades primordiales ha sido y sigue siendo su extraordinaria capacidad criadora, su aptitud para el amanse, su idoneidad para desbravar aquello que podía contribuir al desarrollo de su propia cultura.
En las últimas centurias esta crianza tuvo que darse incluso en relación a ingredientes que podían resultarles nocivos. Pero fueron adaptados, invertidos a favor de sus propios cauces.
Es cierto, no obstante, que la contundencia de los llamados “avances tecnológicos” en el campo de la comunicación y la información es noqueante, y que tienden más bien a incomunicar y desinformar. Pero quiero creer que sabremos sobrevivir a la inundación y tornar en azadas a las guadañas. Por lo demás, la incorporación de estos “avances” no tendría por qué significar la supresión de las permanencias culturales.
Ocurre también que suele hablarse de las poblaciones indígenas o campesinas como distantes sino opuestas al desarrollo tecnológico, como atrasadas respecto al futuro, como una ratificación de la dicotomía o confrontación entre tradición y modernidad. La cuestión es qué entendemos, sobre todo, por modernidad: en lo particular, no conozco poblaciones más cosmopolitas que las indígenas, con una fecunda disposición para aprender y crecer; y con un vigoroso interés por saber qué está pasando en el mundo.
Debemos recordar que el libro en cuanto tal ha sido y sigue siendo una revolución tecnológica. Y la incorporación de una facultad técnica no significa la supresión de los discernimientos, como tampoco la despersonalización de las dinámicas ni la abolición de las esencias primarias.

Cuando la Red de Bibliotecas Rurales de Cajamarca organiza un congreso de bibliotecas rurales, o acuden a encuentros departamentales de bibliotecarios en dichos contextos ¿Cuáles son las inquietudes o demandas con que se encuentran por parte del público?

El encuentro como tal, la posibilidad que comuneros procedentes de provincias distantes se encuentren con otros y que pueda conversarse desde lo suyo y sobre los suyos.
Pero se demanda mucha información sobre las coyunturas tanto locales como nacionales e internacionales. Y también los enfoques temáticos tanto en general (por ejemplo sobre el cambio climático) o en particular (la ruptura de la capa de ozono).
La demanda de temas es alta y diversa, porque el desafío es compartirlos y multiplicarlos cuando retornan después a sus comunidades.
Y cuentos: las asambleas nuestras tienen un momento llamado “Noches de rescate” destinado a dar testimonio directo de lo que cada uno sabe sobre la vida en el campo, desde sus propias experiencias y desde lo que les contaron sus padres o abuelos.

La organización de las bibliotecas rurales de Cajamarca se encuentra simbolizada por un círculo donde se aprecian desde los márgenes hacia adentro un conjunto de comunidades, bibliotecarios, coordinadores sectoriales y zonales, diversos consejos, comités, coordinadores y asesorías que desembocan en la asamblea general ¿suele haber rotaciones de los comuneros en los diferentes escenarios? ¿Cómo es la dinámica en un año de trabajo?

Cuando una comunidad decide tener su propia biblioteca rural, debe hacerlo en Asamblea, es decir, la decisión es colectiva. Éste es un requisito primordial para nosotros.
Y aunque la asamblea nombra a una persona, en la práctica elige a toda la familia de esa persona.
Eso significa, por un lado, que si el bibliotecario no cumple con sus funciones, la propia comunidad tiene la facultad de sustituirlo. Y, por otro lado, que la responsabilidad de la tarea reside siempre en el colectivo primordial de la familia campesina.
El comunero coordinador de un conjunto de bibliotecas es plenamente responsable del funcionamiento de su pequeña red y, a la vez, está íntegramente coordinado con su zona y la central de la Red, de manera que hay autonomía pero a la vez articulación.
Ya a nivel de estructura de la organización, cada dos años la Asamblea General de la Red elige al Comité Central y al Consejo Permanente de Coordinación, los entes directrices. Todo esto permite que no haya jerarquías y que todos, en efecto, participemos de las decisiones las mismas que –además– se toman por consenso y no por mayoría.
Así tenemos a la comunidad como punto de partida y como punto de llegada.

Con respecto al archivo de Tradición Oral ¿cómo ha sido el proceso de rescate de la información?

Ésta es casi una historia aparte. Cuando empezamos el rescate sólo pensábamos en la publicación de un pequeño libro de cuentos campesinos. Lo sugerimos en una asamblea, a finales de 1980 –cuando sólo teníamos alrededor de 100 bibliotecas–, y acordamos que cada bibliotecario rural traería uno o dos cuentos de su zona. Pero trajeron más.
Esa prodigiosa veta era mucho más grande de lo que habíamos imaginado.
A diferencia de otras experiencias de compilación, ésta no era realizada por uno o más especialistas externos que llegan a los pueblos, recogen los cuentos desde intereses particulares –y sin relaciones de confianza– y luego publican a título propio, agregando sus propias interpretaciones y sin que los productos regresen jamás a esos mismos pueblos.
Esta compilación se daba entonces desde una decisión colectiva por parte de los propios protagonistas, en sus propios espacios y sabiendo que el material producido retornaría a las mismas comunidades incluyendo sus propios nombres y desde su propia manera de hablar y decir las cosas.
Decidimos entonces empezar con una serie de cuentos, a partir de estas hojas manuscritas. Y la demanda de estos pequeños libros nos llevó de encuentro.
Por eso propuse a la Asamblea la constitución del Proyecto Enciclopedia Campesina de Cajamarca, para que pudiéramos encausar ese torrente fecundo y portentoso de la memoria de nuestros pueblos. Y comenzamos entonces con un proceso que incluía el uso de otros instrumentos para el recojo de las tradiciones, pero también las reuniones comunitarias con los ancianos para que el rescate a la vez se convirtiera en una suerte de escuela rediviva de la sabiduría de los abuelos.
Todo esto sin dejar que las iniciativas personales siguieran dándose.
Eso nos llevó a formar, paralelo a la experiencia de rescate como tal, el ATOC, Archivo de la Tradición Oral Cajamarquina. Todo este proceso continúa vigente.

En un apartado se menciona que en la red no trabaja “ni un solo bibliotecario académicamente formado”, que son los libros usados como herramientas los que le imprimen esa característica ¿Qué representa para el campesino de Cajamarca, el que integra la red de bibliotecas rurales, la figura del bibliotecario? ¿Existe algún interés académico en la disciplina?

Esta disciplina académica es un tanto extraña en nuestro medio. En muchos colegios grandes o municipalidades del país, incluso, el cargo de bibliotecario se lo dan a alguien –si las colecciones de libros no permanecen bajo llave– como relleno laboral, como función de conserje.
Si esto es en general, podemos colegir que en el campo de Cajamarca a los únicos que se les conoce como bibliotecarios es a los nuestros.
Es una pena decirlo, pero la educación formal no contempla al libro y la lectura como componentes transversales en los procesos de aprendizaje y profundización del conocimiento.
Esta escualidez académica no es la única: aunque en el departamento de Cajamarca más del 75% de la población es campesina-indígena, la universidad local no tiene un curso de antropología o un taller de cultura campesina andina y ni siquiera una breve charla al año sobre las características culturales en la que se insertarán, después, los egresados de todas las disciplinas.
Para variar, podemos recordar que en el informe PISA (Programa Internacional para la Evaluación de Estudiantes) 2001,el Perú ocupó el último lugar; para el 2009, de los 65 países evaluados el Perú aparece en el puesto 63 en lectura, 63 en matemáticas y 64 en ciencias.
Cuando a un ministro de ese entonces le preguntaron cómo era posible semejante desastre, respondió airoso defendiendo a su gobierno: “No es cierto que estemos ocupando el último lugar: ¡estamos en el penúltimo lugar!”.
Y estos desintereses académicos globales no son inocentes o meros forúnculos de la negligencia burocrática: el sistema educativo –asesorado y avalado financieramente por la banca mundial– es proporcionalmente tributario del sistema económico reinante.

¿Cómo se logra representar en documentos la tradición oral andina? ¿Cuáles son los principales obstáculos?

Hay una antigua historia egipcia que cuenta cómo el rey Thamuz recibió un ofrecimiento de Thot, quien era el dios de la sabiduría y de la escritura; era el patrón de los escribas, de las artes y las ciencias… el dios Thot le ofreció el arte de escribir. Pero Thamuz no quiso aceptarlo y le contestó: “Este invento producirá olvido. La sabiduría está en la verdad, no en su apariencia. No se puede recordar con memoria ajena. Los hombres registrarán, pero no recordarán. Repetirán, pero no vivirán. Se enterarán de muchas cosas, pero no conocerán ninguna”.
Nosotros estamos seguros que se pueden conjurar las sentencias del rey Thamuz, que no tienen que ser desahucios universales ni condenas irreparables. Sí es posible encontrar maneras para que la escritura sea amable con la diversidad cultural y su relación con el entorno; sí es posible evitar que la escritura colonice los territorios libres de la memoria y de la palabra auténtica.
Porque, en efecto, un obstáculo principal es la transferencia misma desde la naturalidad de la palabra dicha hacia el agarrotamiento de la palabra escrita, el permutar los decires con la escritura tramontando las fronteras gramaticales.
Por lo demás, en la medida que el idioma impuesto fue amansado históricamente por las comunidades imprimiéndole sentidos y conceptos diferentes, muchos significados difieren aunque los significantes sean los mismos.
El desafío es entonces cuidar al máximo que lo escrito no distorsione la oralidad, que no la congele sino que la deje fluir.

Un hito representativo en la historia de la red ha sido la realización del proyecto “Enciclopedia Campesina” ¿se han realizado actualizaciones de la obra, o nuevas aportaciones?

El Proyecto Enciclopedia Campesina no ha cesado, aunque no se le trabaja al momento con la intensidad de sus diez primeros años.
Esto significa que seguimos el proceso de rescate y que constantemente nos llegan manuscritos de comuneros que quieren dejar sus saberes a buen recaudo en nuestro archivo.
Tampoco tenemos un presupuesto general para publicaciones y, menos aún, específico para reeditar toda la obra. De manera que los tomos se van reeditando uno por uno a medida que podemos conseguir el presupuesto del caso.
Pero sí continuamos con la publicación de materiales desde la tradición oral de nuestras comunidades. Y hace poco menos de un año, la Asamblea General decidió que comenzáramos un nuevo proceso que esta vez involucre más a los niños y a los docentes. De manera que pronto iniciaremos una suerte de Enciclopedia Campesina rediviva.

De "Cosmovivencia", libro que recoge los testimonios de los comuneros miembros de la red, recibió de parte de Eduardo Galeano el siguiente comentario:
Este libro tiene muchas piernas.
Esas piernas tienen muchos caminos.
Esos caminos tienen mucha memoria.
Esa memoria tiene muchas vidas y esas vidas andan, recuerdan y dicen por los caminos de este libro que he tenido la dicha de leer.

 ¿Se percibe en la comunidad el reconocimiento externo de la Red?

Eduardo Galeano es un muy querido amigo nuestro. En el campo y los pueblos apreciamos mucho la generosa lumbre de su palabra.
Y sí que es bueno sentirnos acompañados, palpar ese calientito de las junturas fraternas.
Sobre todo cuando el relegamiento alterofóbico de la “sociedad oficial” contra la vida de las comunidades nos da de lleno; ¡no nos perdonan la soberanía ni la supervivencia! Pero tampoco requerimos de perdones porque no estamos dispuestos a arrepentirnos del camino que hemos construido.
Nos acompañamos entre nosotros mismos, con mucha hondura. Y enriquece nuestra humildad saber del aprecio que nos convidan desinteresadamente en otros lugares.
Acompañarnos y reconocernos es una gozosa responsabilidad que vale multiplicar siempre.

Mas de 40 años de una labor ejemplar que se ha tornado símbolo, en América Latina, del enorme significado y riqueza de la promoción de la lectura, de “sostener la esperanza” tal como reza en el sitio web de la red de bibliotecas rurales de Cajamarca ¿Cómo se imagina dentro de algunos años? ¿Qué sigue?

Ha ayudado mucho ser tan críticos con nuestro propio trabajo, tener la humildad de reconocer nuestros desatinos: eso hace que el trabajo se reinvente a cada paso sin perder la posición, el ser coherentes entre los textos y los contextos. Y consecuentes con el espinazo de los sueños.
Vale ser nuestros propios acechantes centinelas porque los colonialismos se inoculan muy adentro.
Imagino entonces comuneros vacunados contra las manipulaciones imperantes, inmunes al desaliento, abanderando su dignidad y su contento.
Aunque es verdad también que el sistema es un saqueador que no da a elegir entre la bolsa y la vida, y ahora ha mejorado sus antifaces, ha vuelto más sutiles sus argucias.
Las comunidades enseñan siempre esa prodigiosa virtud de la permanencia, su dinámica constancia. Ése es el desafío mayor. Y nosotros como que recién estamos empezando.
Imagino que en unos años los libros no serán un extraño lujo; falta mucho bregar para que el leer no sea una gimnasia anómala; queda mucho trajín para que el cultivarse no sea una amenaza pública.
Para nosotros sigue entonces la consolidación de los procesos y el afianzamiento de la organización, colectivizándonos más todavía.
Al fin, leer es un buen pretexto para juntarnos y renovarnos; leer es una buena causa para enriquecernos mientras compartimos, para multiplicarnos mientras nos profundizamos.
Y, a pesar de los temporales, se trata de seguir andando.

Alfredo Mires Ortiz
Red de Bibliotecas Rurales de Cajamarca
http://bibliotecasruralescajamarca.blogspot.com/

Nota: la entrevista fue publicada en Fuentes, revista de la Biblioteca y Archivo Histórico de la Asamblea Legislativa Plurinacional de Bolivia, en octubre de 2013. ISSN 1997-4485

jueves, 14 de noviembre de 2013

Sobre el alcance de la educación

Me parece oportuno compartir un video donde es posible escuchar a George Carlin, gran pensador estadounidense de la contracultura, disertando efusivamente sobre la educación. Han pasado varios años desde esa presentación, pero su discurso no pierde vigencia ni actualidad, hoy mismo su lectura de la realidad resulta altamente representativa para buena parte del mundo. En este caso menciona que ante la dificultad en el aprendizaje por parte del alumnado, los directores y maestros proponían precisamente bajar la dificultad, cuando la problemática pasaba por la falta de contenidos que habiliten el discernimiento crítico entre los alumnos. Bajar la dificultad implica disminuir la práctica lectora, implica nivelar hacia abajo para llegar a compartir un plano levemente inferior, implica empobrecer el coeficiente intelectual de un país.
Es preciso trasladar esta lectura al contexto de la bibliotecología ¿cuántas veces discutimos sobre la preponderancia de los contenidos académicos para los alumnos? ¿Cuántas veces se analizó lo pertinente de una bibliografía? ¿Cuántas veces minimizamos la obsolescencia de los documentos?
Educación...he aquí la palabra, y agregaría compromiso ético de quienes deben garantizar, en el marco de las escuelas de bibliotecología, un discernimiento crítico de esta noble profesión.
Recuerdo muy pocos docentes, que en sus clases pregonaban permanentemente sobre la necesidad de pensar, invitando a los alumnos a guardar los libros y a proponer ideas. Pensar, esto que implica hacer uso de la razón, promover el entendimiento humano, porque ciertamente cuando un docente, por fuera de las fotocopias, les pide a sus alumnos que piensen alternativas, es como si dijera “desarmen el artefacto, separen todas las piezas, y evalúen, por fuera de lo que indica la bibliografía consultada, como lo podrían construir desde otro sistema de pensamiento, desde otro lugar, desde otro modo”...Aplicar conocimiento desde otras formas de conocimiento, poner en duda lo que figura citado, cuestionar la propuesta, completar miradas diferentes, articular nuevos modos de entendimiento...

Hay también otra realidad. En la docencia, no solo la bibliotecología, existen numerosos profesores que dictan contenidos sin hacer preguntas, donde tampoco habilitan que los alumnos las formulen, finalmente estos se transforman en recipientes que deben ser llenados con información, para luego exigirles que procesen lo que anotaron vertiginosamente, que lo digieran sin habilitar la argumentación, y luego que lo aprueben, como quien supera un obstáculo en la carrera. Recipientes vacíos de conceptos arremolinados sin estructuras articuladas, sin objetivos concretos, sin integración curricular, y si acaso existiese esa integración, la ausencia de análisis inhabilita la comprensión de dicha posibilidad. Si no se enseña a pensar ¿Cómo pretender que se comprenda el plano de una disciplina?

Seguimos con George Carlín. Es de suponer que al poder político no le interesa una población que pueda pensar críticamente, por lo general ocupan su tiempo en hacerles entender, a cada uno de ellos, que forman parte de un círculo cuyos múltiples espacios integrados habilitan la idea de que para pertenecer no hace falta preocuparse, que todos en definitiva tienen el control, que todos son personas libres haciendo libres elecciones.
Es la imagen del control remoto de la televisión, el que lo posee cree que elige los canales que está mirando, pero al tomar decisiones no puede darse cuenta que las está pulsando dentro de un inmenso lugar enrejado...un plano que apenas comprende, que lo que en realidad tiene (tenemos) son dueños que le indican, en forma invisible, que es lo que puede ver, que es lo que puede comprar, que es en lo que debe creer. Titiriteros que montan la inmensa y cotidiana obra, subsumida bajo el enorme control de los medios de la información, que todo lo anestesian, que todo lo imponen.

Existen alternativas claro, algunas pululan clandestinamente en las redes sociales, en quienes difunden meros contenidos independientes cuyas articulaciones muestran otro tipo de realidad, pero he aquí que el poder establecido necesita trabajadores obedientes, una idea de obediencia basada en la manipulación de hacer creer que las personas piensan por sí mismas al evaluar o procesar las diferentes informaciones que bajan de los medios de comunicación, un círculo para lo cual se necesitan arquitectos que han logrado diseñar la idea de una felicidad aparente, donde no sea posible advertir la grieta, donde el secreto objetivo es anestesiar conciencias, dispersar voluntades, distraer mentes, mientras el verdadero problema prosigue su curso. Como diría Carlin: "nadie parece darse cuenta, a nadie parece importarle

La inclinada mesa de la desigualdad social...
Vaya preguntarse porque las personas comunes, que cumplen honradamente con su jornada de trabajo, terminan eligiendo políticamente a quienes desde la política burdamente los excluyen, y la respuesta podría encontrarse en la ausencia de compromiso para cambiar la realidad, porque involucrarse implica dejar de lado el control remoto, porque no involucrarse forma parte del extraño mecanismo. A los digitadores de poder (palabra que no podemos dimensionar como quisiéramos para tener un alcance de lo que implica su invisible ejercicio), les conviene la sutil idea del movimiento inerte, la instauración de una tendencia que en algún momento activó en la sociedad la simulación de movimiento, para después hacer creer, a los que menos tienen, que la rueda efectivamente gira para tranquilidad de las minorías, y que lo que resta es tomar el control remoto y olvidarse de la dificultad, olvidarse de la construcción, olvidarse de la preocupación, en definitiva, olvidarse de eso que George Carlin llama “El Gran Club”.

Cuando el autor habla de bajar la dificultad, me gustaría que cada uno, desde la plena sinceridad y sentido ético profesional, reconozca, en su etapa de alumno, si acaso no le importó otra cosa que superar el escollo sin siquiera inquietarse por interpelarlo sustancialmente. Sin embargo todo depende precisamente del docente, porque personalmente he comprobado que cuando el docente propone en el aula ejercitar el pensamiento crítico, buena parte de los alumnos terminan aportando, acaso sin saberlo, una construcción colectiva, que no se reduce a la mera interpretación, porque allí está precisamente el rol docente para encuadrar la discusión en relación al enfoque teórico del objetivo de la disciplina.

Creo que estos enigmas no serán posible dilucidar en el corto plazo “el juego está arreglado, la mesa está inclinada”, es como si todas las posibilidades de cambio ya estuvieran digitadas, esta manipulación tal vez se comprenda (otros como Carlín alertaron sobre estas disquisiciones que temporalmente nos ocupan), pero se trata de un sistema de poder que advirtió precisamente el no compromiso de sus “esclavos”, que aún sabiéndose esclavizados, viven sus vidas despreocupados por no tener que tomar decisiones, de eso se encarga “el sistema”.

Este inmenso recinto lleva en alguna parte un candado, que no sabemos quien o quienes lo diseñaron, pero sí sabemos que nosotros no tenemos la llave.


Nota: la imagen pertenece al siguiente sito: www.cadep.ufm.edu

jueves, 7 de noviembre de 2013

Documentos liberados sobre las listas negras del terrorismo de Estado

Valga una breve reflexión en torno a lo sucedido.
En el edificio Cóndor –sede de la Fuerza Aérea Argentina– se recuperaron unos informes secretos que durante años estuvieron ocultos en un depósito, se trata de la publicación del Informe del Ministerio de Defensa sobre las denominadas "listas negras" de la dictadura, registros con nombre y apellido, documento de identidad y profesión de numerosos artistas, intelectuales, periodistas y comunicadores, considerados personas “peligrosas” para el Ejército.

Vale la pena releer el primer párrafo del documento:
"Registra antecedentes ideológicos marxistas que hacen aconsejable su no ingreso y/o permanencia en la administración pública. No se le proporcione colaboración". De esta manera la dictadura militar definía a los "Fórmula 4", grupo que incluía a intelectuales, periodistas, artistas y comunicadores que, al percibir de los responsables del terrorismo de estado, revestían el mayor nivel de peligrosidad. Como "Fórmula 1" eran calificados los que no tenían "antecedentes ideológicos marxistas". Un nivel superior - "Fórmula 2" revestían quiénes en sus antecedentes "no permiten calificarlo desfavorablemente desde el punto de vista ideológico marxista". Como "Fórmula 3" aparecían los que registran "algunos antecedentes ideológicos marxistas pero los mismos no son suficientes para que se constituyan en un elemento insalvables para su nombramiento, promoción, otorgamiento de beca, etc.". Como dijimos, los "Fórmula 4" (o simplemente F4) eran, a los ojos de la dictadura, los peores de todos, a quiénes no se podía emplear, ni promover, ni otorgar beneficios.

En el listado también aparecen docentes, músicos, directores de teatro, psicólogos, sociólogos, pintores, poetas, titiriteros...gente “peligrosa”. El documento publicado por el gobierno permite el acceso a tres PDF adjuntos que se pueden descargar directamente:

1. Lista 6 de abril de 1979
2. Lista del 31 de enero de 1980
3. Lista del 21 de septiembre de 1982

Hay otro hecho que llama la atención, la advertencia de que estos informes recomendaban a sus portadores incinerar los mismos para evitar que caigan en manos ajenas: El segundo listado que encontramos está actualizado al 31 de enero de 1980 e incluye a 331 nombres que estaban bajo la calificación de "Fórmula 4" (ver adjunto). Lo curioso de este listado es un encabezado que brinda una serie de recomendaciones, entre las cuáles está: "Deben ser INCINERADOS".

Se trata de un material que no debería faltar en las bibliotecas, y que requiere una lectura crítica por parte de los maestros, para que las nuevas generaciones sepan hasta dónde llegó la irracionalidad y la locura de una época que nunca más debe volver.

Fuente:  http://www.mindef.gov.ar/noticias/noticia159.html