Espacio que pretende resguardar voces y conocimientos desde el abordaje de la
bibliotecología. Documentación de archivos orales sobre el patrimonio cultural intangible
conservado en la memoria de los libros vivientes. Entrevistas a bibliotecarios sobre el rol social
de la profesión. Reflexiones en torno a la bibliotecología indígena y comunitaria.

sábado, 28 de mayo de 2016

La enciclopedia que sigue caminando entre los paisanos


Siempre que busco notas que motiven el sentido del aprendizaje en temas relacionados con las bibliotecas, y en especial de la utilidad social de los documentos, no puedo evitar encontrarlo en el sitio de las Bibliotecas Rurales de Cajamarca, y que en este caso tiene relación con las tareas que desde hace más de 40 años vienen realizando los paisanos con el proyecto Enciclopedia Campesina. 

Recientemente hubo una reunión de equipo en el que se discutieron tres temas a desarrollar para el resto del año: el vocabulario del habla cajamarquina (glosario que recopila palabras con sus raíces en quechua o lenguas precolombinas de la región), el calendario agrícola (donde se discutió con los comuneros mayores los elementos diversos que rigen el arte de la agricultura, elementos que difieren en su orden con respecto al calendario gregoriano) y por último los “secretos” (fórmulas culturales de precaución y solución) para buscar respuestas a las problemáticas del trabajo en las chacras.

La nota puede consultarse en el sitio Web de las Bibliotecas Rurales de Cajamarca:
http://bibliotecasruralescajamarca.blogspot.com.ar/2016/05/encuentro-de-la-enciclopedia-campesina.html


Larga vida a las bibliotecas rurales de Cajamarca!

martes, 24 de mayo de 2016

El olvido que se olvida


Me interesó rescatar esta noticia difundida por el Orejiverde, que tiene por protagonista a Carlos Correa, werken de la comunidad Ñuque Mapu de Puelén (Localidad ubicada en el Oeste de la provincia de La Pampa, cercana al Sur de Mendoza), quien está a punto de publicar un libro bajo la editorial “7 Sellos” de Santa Rosa, producto de sus investigaciones sobre el pueblo ranküllche desde sus orígenes, incluyendo el reflejo de su historia personal y la recopilación de testimonios sobre el pasado del pueblo ranquel. El título es por demás significativo: “Una mirada Ranquel, la cultura del olvido (olvidado)”.

Cabe señalar que este escritor indígena, que actualmente tiene 56 años, nació en General Pico (La Pampa, Argentina) y es descendiente de dos importantes linajes del pueblo ranquel. Por el lado de su abuela paterna está ligado al cacique Ramón Platero y al linaje del cacique Carripilún (El Orejiverde) por el lado de su familia materna. Desde muy joven ha sido un destacado escritor que ha recibido varios reconocimientos a nivel provincial y es miembro de la Asociación Pampeana de Escritores. En el año 1987 se trasladó a Puelén donde ejerció distintos roles en la comunidad, desde personal no docente en la Escuela Hogar N°157 a Presidente de la Comisión de Fomento del pueblo.

Vale detenerse, aprovechando el sentido de la noticia, en una cuestión clave que en su momento discutió el bibliotecario brasileño José Bessa Freire con respecto al tipo de colección que una biblioteca indígena requiere concebir, supeditada a la unión de escritores indígenas y maestros bilingües, con el objeto de trasponer narrativas orales en forma escrita, orientándose hacia el letramiento. En este caso es evidente que Carlos Correa favorecería ese tipo de colección por su condición de escritor y docente, pero no solo en lo que a material propiamente dicho se refiere (sus libros y su experiencia con alumnos de comunidades indígenas) sino por lo que podría aportar en relación a la construcción social de conocimiento, que a mi entender resulta clave en los procesos de conformación de una eventual biblioteca indígena. Los antiguos dilemas que plantean la pluralidad lingüística  como por ejemplo la estandarización ortográfica o las decisiones sobre variantes dialectales, encuentran en estos paisanos un modo de afrontarlos “desde adentro”, permitiendo respuestas pero sobre todo aportando nuevos elementos para discutir aquello que la historia ha pretendido olvidar.

Una de las respuestas brindadas por Correa en la entrevista ofrece información que no figura en los manuales o enciclopedias, y que tiene relación con las cuestiones geográficas y humanas, en el que, tal como lo expresa el autor, simplemente se fue desplazando “entre el pasado y el presente, realizando comparaciones y haciendo referencias a escritos más actuales”, mecanismo de trabajo que le permitió detectar diversidad de problemáticas solo reconocidas por su entorno familiar y vecinal, vale como dato para entender el contexto de lo publicado; En el libro Correa utiliza una metáfora relacionando al río Salado como un “límite”, este río separa lo que es el Mamüll Mapu del “dominio de las jarillas” y de los arbustos donde se ubica geográficamente Puelén, y lo que separa ese río no es solo desde el punto de vista geográfico sino que ese “límite” hace referencia a las diferencias o mejor dicho indiferencia que pesan sobre el indígena, lo que resulta invisible para el resto de la población (lo que otorga invisibilidad al río) son los vínculos entre los ranqueles que actualmente viven en los pueblos del Mamüll Mapu y/o las ciudades más grandes de La Pampa, es decir que las diferencias sociales también se dan entre los paisanos, pero esta cuestión, investigada a conciencia por el autor, viene cimentado desde las formas en que fueron conduciendo las políticas vinculadas al indígena ya desde el mismo Consejo Provincial de Lonkos (caciques), creado no hace muchos años atrás. Esas diferencias según Correa aún se notan entre los pobladores de Puelén “Ese río que fue maravilloso en su momento y que hoy por hoy se encuentra en un estado de degradación ecológica importante, se presenta como un límite entre los paisanos de este lado (por Puelén) y los que están del otro lado (Mamüll Mapu)”.

Textos que reflejan realidades que solo pueden ser visibles si las publica un paisano.
Ese dato crítico (habría que evaluar la enorme incidencia de las crónicas periodísticas en el catálogo de una biblioteca indígena) es lo que da valor a una colección ubicada en el contexto de una comunidad indígena o campesina, se trata de documentos que representan por sí mismos un modo de interrogar el pasado y de ofrecer elementos para cuestionar el presente desde su propio acervo, documentos que tienen la particularidad de representar la fortaleza de una biblioteca indígena, porque el alcance de su tratamiento no será posible dirimirlo –y en consecuencia obtenerlo– en otra unidad de información (no se trata solo del libro como objeto, que efectivamente podría hallarse en varias bibliotecas, sino la construcción social que su contenido habilita), de este modo, un simple documento multiplica testimonios, permite recolectar datos, completa investigaciones y difunde nuevo conocimiento para transformarlo en documento.

El libro ofrece muchas construcciones documentadas, desde testimonios familiares hasta ilustraciones de jóvenes ranqueles, incluyendo croquis sobre referencias de rastrilladas (caminos utilizados por los indígenas), descripciones de fortines y datos sobre la ubicación de la “Batalla de Cochicó” (que ocurrió a 20 kilómetros de Puelén, según el docente más que una “batalla” fue un combate que tuvo lugar el 19 de agosto de 1882 entre un grupo de ranqueles liderado por el cacique Yancamil y una partida de soldados del ejército. Según palabras del propio Yancamil, el enfrentamiento se produjo entre 17 hombres mal montados armados con lanzas, boleadoras y cuchillos, mientras que los poco más de 20 soldados, liderados por los tenientes indígenas Mora y Simón, estaban armados con carabinas, cuchillos y boleadoras), asimismo estas crónicas suscitaron investigaciones por el conflicto que originó la mudanza del cementerio de los restos de Yamcamil, y de cuya noticia apenas se supo por la publicación de un diario local. Aún hoy resultan temas que merecen revisiones por parte de historiadores (solo a modo de ejemplo, la batalla de Cochicó tuvo una versión oficial que elevó a la categoría de “héroes” a los soldados que habían partido desde Victorica, las crónicas atestiguaban que eran 30 soldados armados con fusiles Remington, combatiendo contra 300 indios lanceros).

También el werken ha contado con testimonios de mapuches y ranqueles que le han permitido registrar el sometimiento cultural de quienes vivieron a ambos lados del río Salado, historias de vida que tuvieron por protagonistas a familias de Baigorrita, Mariano Rosas y Platero Cabral, y que si no se hubiesen publicado no estarían formando parte de la memoria colectiva, datos que se hubieran perdido al paso del tiempo, por eso es importante reflexionar sobre el olvido, y que sea ese término el que permita desandar interrogantes, verdades y silencios, porque ciertamente sin estos ejemplos hubiéramos perdido los matices, deliberadamente ignorados a lo largo de la historia.

Así, lo que hace Carlos Correa, como tantos otros escritores descendientes de pueblos originarios, es ofrecer una construcción que tiene implicancias en el tiempo presente, pero con sustento en el pasado, donde es posible corroborar, como en este caso, que muchos paisanos ranqueles siguen soportando las mismas situaciones que se vivían en 1890.

No se trata de un juego de palabras, se trata del olvido que ya no es posible reflejar en los ríos actuales, del olvido que se quiere olvidar.

Fuente:

Una mirada ranquel

Cochicó según Yancamill


José Bessa Freire ¿En qué medida es indígena la biblioteca indígena? El caso de Brasil. En: Acceso a los servicios bibliotecarios y de información en los pueblos indígenas de América Latina. memorias del seminario en Lima, Perú, 23 al 25 de abril de 2003. p. 115-119.

jueves, 12 de mayo de 2016

Máscaras, tambores y chamanes en Burkina Faso


yo solo podría creer en un Dios que sepa danzar
Friedrich Nietzche

Danzando en la tierra de la gente honesta

Recientemente, bajo la organización de la Asociación para la Protección de las Máscaras (ASAMA), y contando con el auspicio de la UNESCO, se celebró en Dédougou, a 250 kilómetros al oeste de la capital Ouagadougoula, Burkina Faso, la 13ª Bienal FESTIMA (Festival International des Masques et des Arts de Dédougou) que tuvo lugar del 27 de febrero al 5 de marzo, considerada la más grande sobre Arte Internacional Africano que incluye el Festival Máscaras de África occidental, en donde se exhiben un aproximado a 2500 tipos de máscaras tradicionales pertenecientes a seis países africanos: Benin, Costa de Marfil, Mali, Togo, Senegal y 50 comunidades de Burkina Faso, cuya etimología refiere a la “patria de hombres íntegros” que deriva del término mossi burkina “hombres íntegros” y de la voz diula, faso “patria”, también es conocida como "la tierra de la gente honesta" quienes tienen por virtudes la tolerancia religiosa y actitudes pacíficas.

Las máscaras han sido una parte importante de las creencias animistas tradicionales en muchas culturas africanas durante miles de años. Realizadas con hojas, paja, tallos, fibras vegetales y animales, madera y textiles, las máscaras simbolizan el culto a los antepasados ​​y espíritus, representan un papel importante entre los chamanes durante las conmemoraciones de los ritos y el ciclo de la vida. Muchas de las esculturas de madera –algunas alcanzan los 3 metros de altura– son utilizadas en las ceremonias de fertilidad y de adivinación. Acompañan momentos significativos como el nacimiento y la muerte.



De acuerdo con las creencias tradicionales, durante la ceremonia, la música y el baile frenético, sostenido con tambores, transforman al portador de la máscara en un espíritu, que en situación de trance logra comunicarse con los antepasados. Un hombre de conocimiento suele acompañar y guiar al portador de la máscara durante el ritual, ayudándolo a interpretar el mensaje de los antiguos.

El entendimiento de estas prácticas rituales, en el que la identidad de las personas que danzan enmascarados se mantienen siempre en secreto, habilita dos aspectos, dos tipos de comprensión, uno de ellos es el culto y el otro la cultura; según los paisanos puede haber un conflicto religioso para las personas que veneran máscaras, pero no hay ningún conflicto desde el punto de vista cultural (en algún punto es posible trazar un paralelo con las celebraciones andinas que incluyen la figura del diablo, sincretismo religioso que se mantiene vivo en la cultura de los pueblos collas del norte argentino), esta festividad representa un patrimonio cultural para cada africano que lo comparte, cada Burkina Faso comprende que la forma de pensar no debe ser dictada por extraños a la cultura, y que estos rituales, celebrados cada dos años, permiten preservar el patrimonio cultural de los pueblos.

Sobre el sentido y significado de las máscaras y los tambores
Los preparativos arrancan en las propias casas, desde donde saldrán los hombres con sus máscaras y vestidos, marchando en grupos, en un recorrido en el que se irán sumando cada uno de los participantes de los diferentes pueblos aledaños, una ceremonia tribal que se extenderá hasta el anochecer, donde irán variando los rituales, danzas, acompañamientos musicales y destrezas de los portadores de espíritus.
No es posible entender el sentido de estas piezas como si fueran parte de un museo, cobran vida propia con cada portador, de hecho hay un elemento que acompaña al chamán en su rol de hombre-puente entre la comunidad y los espíritus, que son los tambores, permanentemente son ejecutados por los músicos de los pueblos, un pulso que lo conecta a la tierra y a un plano mucho más amplio de percepción y entendimiento (salvando las distancias es posible trazar un paralelo con el festival de tambores y expresiones culturales de Palenque, que en el mes de octubre se celebra en Palenque San Basilio, Colombia, por el valor cultural que tienen los tambores desde la época de los esclavos, utilizados para comunicar mensajes entre aldeas alejadas).

La variedad de las máscaras africanas –tan bellas como resistentes al paso del tiempo– es ilimitada, su construcción y uso preserva la herencia de los abuelos, verdaderos guardianes del conocimiento comunitario, todo lo que queda por delante es un ritual colectivo que la gente seguirá a pie, o sentados en las tribunas, rodeando a los danzantes, observando sus manifestaciones artísticas, hasta llegar la noche. Es común ver a los niños quienes son educados en estas creencias y ceremonias, observando la variedad de máscaras, aprendiendo y conviviendo con las expresiones chamánicas de otras culturas, donde comparten entre familias un saber que no figura escrito. Cuando ellos crezcan tal vez tengan o hereden su propia máscara, mientras tanto la cultura no se perderá pase lo que pase, fortaleciendo la identidad, el orgullo étnico y la memoria oral.

Burkina Faso es un país de África Occidental que limita al noroeste con Malí, al noreste con Níger, al sur con Costa de Marfil, Ghana, Togo y Benín. Al igual que Bolivia, el país no posee acceso al mar. Se independizó de Francia el 5 de agosto de 1960. Los principales grupos étnicos son los Marka y los Bwa, a Dédougou se la considerar la 9ª ciudad más grande en Burkina Faso.
Un Dios chamán…
El entendimiento viene desde el fondo de los tiempos. La comunidad perteneciente a la etnia Bwa, una de las más representativas de Burkina Faso, creen que el mundo fue creado por un dios llamado Difini o Dobweni, que dejó la Tierra cuando fue herido por una mujer moliendo el mijo con su correspondiente mano, abandonando a su suerte a la humanidad en la Tierra. Dobweni envió a su hijo para que actuara como mensajero de los humanos, para de este modo ser un intermediario entre las personas y los espíritus.
Las ceremonias que actualmente se celebran representan la renovación de la vida, porque se asocia directamente con el alimento y las plantas curativas que ofrecen el monte y los bosques, que para los Bwa representa el almacén y la farmacia de la cultura. El líder religioso entre la cultura Bwa es un labie (sacerdote tierra) que es el miembro masculino más antiguo del clan que ocupó por primera vez el terreno sobre el que está construido el pueblo.

El festival cuenta con una asociación, denominada ASAMA (Association pour la Sauvegarde des Masques) que desde 1996 tiene por misión el proteger y preservar la producción artesanal de las mascaras, colaborando en la continuación, cada dos años, de la histórica ceremonia. En este evento sus autoridades reflexionaron sobre los modos de protección y los métodos de conservación de las máscaras, de ahí que esta edición del festival tuvo por premisa “la creación de las infraestructuras necesarias para salvaguardar las máscaras”.
En este punto me parece que tendría mucho valor la construcción de una biblioteca en dicha asociación, donde bibliotecarios especialistas en conservación puedan aportar técnicas para preservar materiales, y que los sucesivos eventos sean registrados en las colecciones, permitiendo resguardar con documentos audiovisuales la memoria patrimonial del festival.
Todos los organizadores son conscientes que año a año la ceremonia se ha convertido en un evento que ha traspasado las fronteras del país. Asimismo ASAMA es la única organización reconocida como ONG de consulta por la Unesco en Burkina Faso, por el importante papel que desempeña en la sensibilización de las comunidades sobre el valor de sus tradiciones.
Para el festival de 2018 se tiene la esperanza de obtener más fondos, de esta manera será posible que otras naciones puedan ser invitadas y que nuevas máscaras se sumen al evento, que así sea.


Fuentes consultadas:

Al Jazzera

Festival International des masques et des arts de Dedougou

Africa Fundación Sur

Versión para el Orejiverde:

Fotografias: Jacob Balzani Loov/Al Jazeera

viernes, 6 de mayo de 2016

Laureano Segovia, memoria escrita de los wichis


Tewok ihanej makta iwohiyela
El río tiene su vida, el sabe que va a hacer

En el país aún quedan personas que atesoran conocimientos ancestrales, tiestos de una cultura oral que representan el patrimonio de un pasado lejano, recuperado a fuerza de testimonios por quienes incursionaron en los montes, buscando verdades en la memoria de los ancianos, artesanos, caciques, músicos y chamanes. En ellos ha sido posible tender un puente hacia otras formas de conocimiento, en ocasiones han sido los últimos hablantes de una lengua en extinción, conservaron destrezas heredadas de los abuelos, o tejieron mantos con las palabras, hilando relatos alrededor de un fuego.  Se los conoce como libros vivientes, viven anónimamente en comunidades, de vez en cuando son visitados por periodistas e investigadores, comparten lo que saben y luego callan por un tiempo prolongado, llamándose a silencio.

Uno de esos libros que caminan es Laureano Segovia, escritor wichi que ha logrado recuperar, en base a testimonios de pobladores de diferentes comunidades, un patrimonio cultural compuesto de relatos, leyendas, biografías, cuentos populares, crónicas y mitos de la cultura, resguardados en 333 casetes, en donde algunos de los entrevistados –muchos de ellos ya fallecidos– habían vuelto a pronunciar sus antiguos nombres, contando historias que por alguna razón permanecían latentes, a la espera de que alguien motivara el feliz encuentro entre la memoria y la oralidad.


Nosotros los wichis
En el libro “Nosotros los wichis” (Olhamel ta ohapehan Wichi) que don Laureano Segovia presentó  hace dos años, se puede leer este relato recogido de un paisano:

Tewok tañí hap ta wichi isej, hap ta talho olhamel olhak (el río y el monte mantenían a la gente, porque de ahí nosotros sacábamos nuestros alimentos, y así era).

Se trata de uno de los más de 100 testimonios que conforman un verdadero patrimonio bibliográfico cuyo contenido podría representar la fortaleza de una eventual biblioteca indígena.

Vale la pena imaginar el contexto, un hombre de conocimiento entrando con su bicicleta en el monte profundo, recorriendo las comunidades salteñas del lote fiscal número 55, en Rivadavia Banda Norte, con su grabador de periodista.  A medida que las cintas se iban acumulando el autor consideró implementar un  método de trabajo que consistía en transcribir al wichi las desgrabaciones, contando con la ayuda del antropólogo John Palmer (Juan Palma) y traduciendo al castellano con la colaboración del escritor Carlos Alfredo Müller. Las publicaciones contaron con la colaboración de la fotógrafa Guadalupe Miles (cuyas bellas imágenes ilustran este informe). Muchos de esos relatos conforman la propia versión de la historia en donde Segovia oficia de historiador y compilador. Documentos bilingües que recuperaron el saber popular de quienes vivían aferrados a sus costumbres, algunos de ellos narrando recuerdos en torno a la Guerra del Chaco, lo cual constituye un material de consulta valiosa para historiadores y antropólogos.

Probablemente se trate de un caso único en Argentina, la de un escritor y docente indígena que ha rescatado un importante acervo cultural logrando publicar textos en ambas lenguas sobre la cultura originaria de sus ancestros, dando cuenta de una época en donde aún era posible beber el agua de los ríos.

Ifwalas ta pajche wichi iyayej tewok wet wichi iyayej pelhathi, hap that ta wichi iyayej wichi ihaniyejtha chi tinayaj talhe inhat
(antes tomábamos agua de río y agua de lluvia y con eso nomás siempre vivíamos y nunca nos enfermaba el agua).

Un taller de la memoria
Laureano Segovia proviene de Misión La Paz, (Salta, noroeste argentino). Durante años, con la ayuda de un grabador portátil, se internaba en el monte buscando historias entre las 35 comunidades wichis, que habitaban a orillas del río Pilcomayo, en el límite con Formosa, Paraguay y Bolivia, la cantidad de casetes que utilizó realmente un patrimonio de incalculable valor– le permitió contar con un material que la Secretaría de Cultura de Salta terminaría editando con publicaciones traducidas al castellano, entre ellos los libros “Otichunaj Ihayis tha oihi tewok” (memorias del Pilcomayo, 2005), “Olhamel Otichunhayaj” (Nuestra memoria, 1998), “Lhatetsel” (Nuestras raíces-nuestros antepasados, 1996) y “Och’a tilhis Ihamtes” (Raíces del Chaco Salteño). Este escritor ha trabajado desde 1986 en la Escuela Puerto La Paz como auxiliar bilingüe (wichi-castellano) traduciendo las enseñanzas del maestro titular.

Asimismo ha coordinado el Taller de la Memoria desde el año 1992, dedicándose a la grabación y posterior transcripción al lenguaje escrito de los relatos obtenidos en las diferentes comunidades del área del chaco salteño, contando con el aporte de hablantes wichi, chorote y nivaclé.  Su trabajo ha sido reconocido en la Argentina e internacionalmente, y el Taller de la Memoria ha recibido la Beca del Fondo Nacional de las Artes a través del Concurso de Becas Nacionales para Proyectos Grupales

Experiencias de esta naturaleza permiten la colección de un tipo particular de biblioteca que estará supeditada a la unión de escritores indígenas y maestros bilingües, con el objeto de trasponer narrativas orales en forma escrita, orientándose hacia el letramiento. Por tal motivo se plantea el viejo paradigma que aún resulta imperativo analizar: si una biblioteca indígena (tal como lo mencionó José Bessa Freire, bibliotecario brasileño), no tiene materiales en lenguas indígenas, estaría contribuyendo al proceso de extinción de esas lenguas.

El feliz ejemplo de Segovia justifica el sentido de esta apreciación, o como bien lo expresan en el libro:

Olhamel neche owen olhamel onayij talhe olhamel ochumet ta ihi makta olhamel olhaichufwenej
Nosotros ya tenemos un camino en el trabajo de recuperación de las historias.


Fuente:
LHA HÁMNHAYHAJ. Nuestra sabiduría

OLHAMEL TA OHAPEHEN WICHI. Nosotros, los Wichi